quinta-feira, 2 de abril de 2026

502: Una crónica de antaño que todavía parece hoy...

Viaje en camioneta al barrio Juan Chapín

por Manuel Moraga B.


Ciertos inconvenientes que se presentan en el servicio que prestan los autobuses en la línea Plaza de Armas-Parroquia Vieja, y viceversa, con perjuicio del público que se ve en la necesidad de hacer uso de tales vehículos; y entre otras cositas, se marcaba la tardanza en la salida de los puntos del estacionamiento.

    Yo, que por mi buena suerte moro por aquella barriada y que me vanaglorió de ser un cliente fervoroso del dichoso servicio aludido, hace días que estaba por poner el grito en el cielo con toda la tonalidad de la más aireada y furibunda protesta, pero el pueril temorcillo de llano ser admitido en los carros, como una revancha (no hay que pelear con la cocinera) había apagado ese grito o antes de que intentase escapárseme.

    Y ni se crea que porque estoy abordando el asunto me anima el deseo de protestar; libre medios de hacer tal; nunca protesta el que tiene necesidad –salvo casos de honor–y a mí se me torna necesario el uso de tales vehículos. Quiero si es referir cosillas que a diario, cuando vengo o regreso del Diario he podido observar; y ello para son las de quién me lea y que nunca haya tenido oportunidad de hacer un viajecito en camioneta por el barrio que dicen fue el de Juan Chapín.

    Mi cosa más corriente divulgar que salir de trabajar (¡se me coló el consonante!!), Cansado, llevando aún en los oídos el rumor del ruido de las máquinas de los talleres que hacen vibrar a todo el edificio; tal vez fastidiado por cosillas que se traen las fatigas del oficio –y que no debieran tomarse en cuenta si se estimara en su justo valor–pensando que la noche se ha entrado, que es corto el tiempo para volver mañana; resobando unos cuantos centavos en el bolsillo del pantalón y llegar hasta las proximidades del Portal del Comercio para acomodarse en uno de esos muebles. Ello acontece en breves minutos.

     Aquí viene de lo bueno y lo mejor.

    Llegue a usted el primero y se colocará donde le esté en gana, sin que haya quien pueda fastidiarle. Lo que sí causó fastidio es la espera a que esté completo el pasaje. Unos en pos de otros van penetrando los clientes, y digo clientes porque lo somos, ya casi todos los conocemos las caras.

    Penetra la señora gordiflona y apavada que religiosamente asiste a la martiné del Palace, todos los días –valga los PASES o no–en compañía de sus dos hijas; mejor dicho: dos ángeles en plena pubertad, cuya gracia y belleza me obligan a disimular el pisotón que su RESPETABLE Madre me ha prodigado al no más entrar, dándome oportunidad de apreciar la en todo su peso; unas doscientas veinticinco libras más o menos, con todo y tara!

    Una especie de Primo Carnera con faldas, me imagino.

    Casi está completo el pasaje. Un campesino, que por su apariencia juzgó es valenciano, saca intensas y ofensivas bocanadas de un hediondo tagarnina: no hay que agotarse el meollo para determinar su clase; es puro PURO CHICHICASTE ¿Y qué cantidad de valor sería indispensable para poseer para hacer una ligera observación a un Palenciano?

    El “desesperado”, que como siempre ha llegado de los últimos, se estira y encogen el asiento y a cada momento hace sonar el timbre de paradas y salidas creyendo ser atendido; vano intento. Su necedad contrasta con la calma de los tripulantes del vehículo: ¿Qué quiere, señor? Falta un pasajero; no ha llegado el otro carro: si tiene prisa tomé un taxi… ¡Aliviado!

    Por fin se asoma la DANTA o la CUCARACHA –nombres con que los choferes han bautizado a ciertas camionetas–y emprendemos el viaje. ¡Qué satisfacción! La RESPETABLE señora que desde un principio se hizo acreedora al todo mi reconocimiento, resopla y se hace aire a la cara con algo que es un remedo de pañuelo.

    Un alto frente al Mercado Central y el vehículo es invadido por una ola de mujeres del pueblo cargadas de pesados cestos llenos de mercancías: carnes y flores cuyos olores mitificado se envenenan el tibio ambiente que se respira, por el exceso de pasajeros y escasez de ventilación; frutas, legumbres, ¡cuántas cosas más! Una pero que respira jiote por todos sus poros se ha colado.

    Alguien se atreve a un y trató de acomodarse. Al pasar junto a mí, la cola de un enorme chompipe que lleva bajo el brazo pasa rozando me la nariz; producto está y algo amohinado la frotó con el pañuelo. Aquel tufillo no pudo haber sido más desconcertador…

    Y, así, en medio de tantos inconvenientes continuamos la marcha, todos apretujados, respirando pausas, y lo único que nos hace olvidar lo todo por instantes son los gestos de los que en el camino han querido entrar a aquella especie de Arca de Noé y se han quedado con un palmo de narices.

    En la página cuarta, tercera columna, de la edición de anteayer del diario de centro América, se publicó una pequeña nota haciendo referencia a ciertos inconvenientes que se presentan en el servicio que prestan los autobuses en la línea Plaza de Armas-Parroquia Vieja, y viceversa, con perjuicio del público que se ve en la necesidad de hacer uso de tales vehículos; y entre otras cositas, se marcaba la tardanza en la salida de los puntos del estacionamiento.

    Yo, que por mi buena suerte moro por aquella barriada y que me vanaglorió de ser un cliente fervoroso del dichoso servicio aludido, hace días que estaba por poner el grito en el cielo con toda la tonalidad de la más aireada y furibunda protesta, pero el pueril temorcillo de llano ser admitido en los carros, como una revancha (no hay que pelear con la cocinera) había apagado ese grito o antes de que intentase escapárseme.

    Y ni se crea que porque estoy abordando el asunto me anima el deseo de protestar; libre medios de hacer tal; nunca protesta el que tiene necesidad –salvo casos de honor–y a mí se me torna necesario el uso de tales vehículos. Quiero si es referir cosillas que a diario, cuando vengo o regreso del Diario he podido observar; y ello para son las de quién me lea y que nunca haya tenido oportunidad de hacer un viajecito en camioneta por el barrio que dicen fue el de Juan Chapín.

    Mi cosa más corriente divulgar que salir de trabajar (¡se me coló el consonante!!), Cansado, llevando aún en los oídos el rumor del ruido de las máquinas de los talleres que hacen vibrar a todo el edificio; tal vez fastidiado por cosillas que se traen las fatigas del oficio –y que no debieran tomarse en cuenta si se estimara en su justo valor–pensando que la noche se ha entrado, que es corto el tiempo para volver mañana; resobando unos cuantos centavos en el bolsillo del pantalón y llegar hasta las proximidades del Portal del Comercio para acomodarse en uno de esos muebles. Ello acontece en breves minutos.

    Aquí viene de lo bueno y lo mejor.

    Llegue a usted el primero y se colocará donde le esté en gana, sin que haya quien pueda fastidiarle. Lo que sí causó fastidio es la espera a que esté completo el pasaje. Unos en pos de otros van penetrando los clientes, y digo clientes porque lo somos, ya casi todos los conocemos las caras.

    Penetra la señora gordiflona y apavada que religiosamente asiste a la martiné del Palace, todos los días –valga los PASES o no–en compañía de sus dos hijas; mejor dicho: dos ángeles en plena pubertad, cuya gracia y belleza me obligan a disimular el pisotón que su RESPETABLE Madre me ha prodigado al no más entrar, dándome oportunidad de apreciar la en todo su peso; unas doscientas veinticinco libras más o menos, con todo y tara!

     Una especie de Primo Carnera con faldas, me imagino.

    Casi está completo el pasaje. Un campesino, que por su apariencia juzgó es valenciano, saca intensas y ofensivas bocanadas de un hediondo tagarnina: no hay que agotarse el meollo para determinar su clase; es puro PURO CHICHICASTE ¿Y qué cantidad de valor sería indispensable para poseer para hacer una ligera observación a un Palenciano?

    El “desesperado”, que como siempre ha llegado de los últimos, se estira y encogen el asiento y a cada momento hace sonar el timbre de paradas y salidas creyendo ser atendido; vano intento. Su necedad contrasta con la calma de los tripulantes del vehículo: ¿Qué quiere, señor? Falta un pasajero; no ha llegado el otro carro: si tiene prisa tomé un taxi… ¡Aliviado!

    Por fin se asoma la DANTA o la CUCARACHA –nombres con que los choferes han bautizado a ciertas camionetas–y emprendemos el viaje. ¡Qué satisfacción! La RESPETABLE señora que desde un principio se hizo acreedora al todo mi reconocimiento, resopla y se hace aire a la cara con algo que es un remedo de pañuelo.

    Un alto frente al Mercado Central y el vehículo es invadido por una ola de mujeres del pueblo cargadas de pesados cestos llenos de mercancías: carnes y flores cuyos olores mitificado se envenenan el tibio ambiente que se respira, por el exceso de pasajeros y escasez de ventilación; frutas, legumbres, ¡cuántas cosas más! Una pero que respira jiote por todos sus poros se ha colado.

    Alguien se atreve a un y trató de acomodarse. Al pasar junto a mí, la cola de un enorme chompipe que lleva bajo el brazo pasa rozando me la nariz; producto está y algo amohinado la frotó con el pañuelo. Aquel tufillo no pudo haber sido más desconcertador…

    Y, así, en medio de tantos inconvenientes continuamos la marcha, todos apretujados, respirando pausas, y lo único que nos hace olvidar lo todo por instantes son los gestos de los que en el camino han querido entrar a aquella especie de Arca de Noé y se han quedado con un palmo de narices.

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Fuente: Caxlana. Diario de Centro América, 1930.