Viaje en camioneta al barrio Juan Chapín
por Manuel Moraga B.
Ciertos inconvenientes que se presentan en el servicio que prestan los autobuses en la línea Plaza de Armas-Parroquia Vieja, y viceversa, con perjuicio del público que se ve en la necesidad de hacer uso de tales vehículos; y entre otras cositas, se marcaba la tardanza en la salida de los puntos del estacionamiento.
Yo, que por mi buena suerte moro por
aquella barriada y que me vanaglorió de ser un cliente fervoroso del dichoso
servicio aludido, hace días que estaba por poner el grito en el cielo con toda
la tonalidad de la más aireada y furibunda protesta, pero el pueril temorcillo
de llano ser admitido en los carros, como una revancha (no hay que pelear con
la cocinera) había apagado ese grito o antes de que intentase escapárseme.
Y ni se crea que porque estoy
abordando el asunto me anima el deseo de protestar; libre medios de hacer tal;
nunca protesta el que tiene necesidad –salvo casos de honor–y a mí se me torna
necesario el uso de tales vehículos. Quiero si es referir cosillas que a
diario, cuando vengo o regreso del Diario he podido observar; y ello para son
las de quién me lea y que nunca haya tenido oportunidad de hacer un viajecito
en camioneta por el barrio que dicen fue el de Juan Chapín.
Mi cosa más corriente divulgar que
salir de trabajar (¡se me coló el consonante!!), Cansado, llevando aún en los
oídos el rumor del ruido de las máquinas de los talleres que hacen vibrar a
todo el edificio; tal vez fastidiado por cosillas que se traen las fatigas del
oficio –y que no debieran tomarse en cuenta si se estimara en su justo
valor–pensando que la noche se ha entrado, que es corto el tiempo para volver
mañana; resobando unos cuantos centavos en el bolsillo del pantalón y llegar
hasta las proximidades del Portal del Comercio para acomodarse en uno de esos
muebles. Ello acontece en breves minutos.
Aquí viene de lo bueno y lo mejor.
Llegue a usted el primero y se colocará donde le esté en gana, sin que haya quien pueda fastidiarle. Lo que sí causó fastidio es la espera a que esté completo el pasaje. Unos en pos de otros van penetrando los clientes, y digo clientes porque lo somos, ya casi todos los conocemos las caras.
Penetra la señora gordiflona y
apavada que religiosamente asiste a la martiné del Palace, todos los días
–valga los PASES o no–en compañía de sus dos hijas; mejor dicho: dos ángeles en
plena pubertad, cuya gracia y belleza me obligan a disimular el pisotón que su
RESPETABLE Madre me ha prodigado al no más entrar, dándome oportunidad de
apreciar la en todo su peso; unas doscientas veinticinco libras más o menos,
con todo y tara!
Una especie de Primo Carnera con
faldas, me imagino.
Casi está completo el pasaje. Un
campesino, que por su apariencia juzgó es valenciano, saca intensas y ofensivas
bocanadas de un hediondo tagarnina: no hay que agotarse el meollo para
determinar su clase; es puro PURO CHICHICASTE ¿Y qué cantidad de valor sería
indispensable para poseer para hacer una ligera observación a un Palenciano?
El “desesperado”, que como siempre
ha llegado de los últimos, se estira y encogen el asiento y a cada momento hace
sonar el timbre de paradas y salidas creyendo ser atendido; vano intento. Su
necedad contrasta con la calma de los tripulantes del vehículo: ¿Qué quiere,
señor? Falta un pasajero; no ha llegado el otro carro: si tiene prisa tomé un
taxi… ¡Aliviado!
Por fin se asoma la DANTA o la
CUCARACHA –nombres con que los choferes han bautizado a ciertas camionetas–y
emprendemos el viaje. ¡Qué satisfacción! La RESPETABLE señora que desde un
principio se hizo acreedora al todo mi reconocimiento, resopla y se hace aire a
la cara con algo que es un remedo de pañuelo.
Un alto frente al Mercado Central y
el vehículo es invadido por una ola de mujeres del pueblo cargadas de pesados
cestos llenos de mercancías: carnes y flores cuyos olores mitificado se
envenenan el tibio ambiente que se respira, por el exceso de pasajeros y
escasez de ventilación; frutas, legumbres, ¡cuántas cosas más! Una pero que
respira jiote por todos sus poros se ha colado.
Alguien se atreve a un y trató de
acomodarse. Al pasar junto a mí, la cola de un enorme chompipe que lleva bajo el
brazo pasa rozando me la nariz; producto está y algo amohinado la frotó con el
pañuelo. Aquel tufillo no pudo haber sido más desconcertador…
Y, así, en medio de tantos
inconvenientes continuamos la marcha, todos apretujados, respirando pausas, y
lo único que nos hace olvidar lo todo por instantes son los gestos de los que
en el camino han querido entrar a aquella especie de Arca de Noé y se han
quedado con un palmo de narices.
En
la página cuarta, tercera columna, de la edición de anteayer del diario de centro América, se publicó una
pequeña nota haciendo referencia a ciertos inconvenientes que se presentan en
el servicio que prestan los autobuses en la línea Plaza de Armas-Parroquia
Vieja, y viceversa, con perjuicio del público que se ve en la necesidad de
hacer uso de tales vehículos; y entre otras cositas, se marcaba la tardanza en
la salida de los puntos del estacionamiento.
Yo, que por mi buena suerte moro por
aquella barriada y que me vanaglorió de ser un cliente fervoroso del dichoso
servicio aludido, hace días que estaba por poner el grito en el cielo con toda
la tonalidad de la más aireada y furibunda protesta, pero el pueril temorcillo
de llano ser admitido en los carros, como una revancha (no hay que pelear con
la cocinera) había apagado ese grito o antes de que intentase escapárseme.
Y ni se crea que porque estoy
abordando el asunto me anima el deseo de protestar; libre medios de hacer tal;
nunca protesta el que tiene necesidad –salvo casos de honor–y a mí se me torna
necesario el uso de tales vehículos. Quiero si es referir cosillas que a
diario, cuando vengo o regreso del Diario he podido observar; y ello para son
las de quién me lea y que nunca haya tenido oportunidad de hacer un viajecito
en camioneta por el barrio que dicen fue el de Juan Chapín.
Mi cosa más corriente divulgar que
salir de trabajar (¡se me coló el consonante!!), Cansado, llevando aún en los
oídos el rumor del ruido de las máquinas de los talleres que hacen vibrar a
todo el edificio; tal vez fastidiado por cosillas que se traen las fatigas del
oficio –y que no debieran tomarse en cuenta si se estimara en su justo
valor–pensando que la noche se ha entrado, que es corto el tiempo para volver
mañana; resobando unos cuantos centavos en el bolsillo del pantalón y llegar
hasta las proximidades del Portal del Comercio para acomodarse en uno de esos
muebles. Ello acontece en breves minutos.
Aquí viene de lo bueno y lo mejor.
Llegue a usted el primero y se
colocará donde le esté en gana, sin que haya quien pueda fastidiarle. Lo que sí
causó fastidio es la espera a que esté completo el pasaje. Unos en pos de otros
van penetrando los clientes, y digo clientes porque lo somos, ya casi todos los
conocemos las caras.
Penetra la señora gordiflona y
apavada que religiosamente asiste a la martiné del Palace, todos los días
–valga los PASES o no–en compañía de sus dos hijas; mejor dicho: dos ángeles en
plena pubertad, cuya gracia y belleza me obligan a disimular el pisotón que su
RESPETABLE Madre me ha prodigado al no más entrar, dándome oportunidad de
apreciar la en todo su peso; unas doscientas veinticinco libras más o menos,
con todo y tara!
Una especie de Primo Carnera con
faldas, me imagino.
Casi está completo el pasaje. Un
campesino, que por su apariencia juzgó es valenciano, saca intensas y ofensivas
bocanadas de un hediondo tagarnina: no hay que agotarse el meollo para
determinar su clase; es puro PURO CHICHICASTE ¿Y qué cantidad de valor sería
indispensable para poseer para hacer una ligera observación a un Palenciano?
El “desesperado”, que como siempre
ha llegado de los últimos, se estira y encogen el asiento y a cada momento hace
sonar el timbre de paradas y salidas creyendo ser atendido; vano intento. Su
necedad contrasta con la calma de los tripulantes del vehículo: ¿Qué quiere,
señor? Falta un pasajero; no ha llegado el otro carro: si tiene prisa tomé un
taxi… ¡Aliviado!
Por fin se asoma la DANTA o la
CUCARACHA –nombres con que los choferes han bautizado a ciertas camionetas–y
emprendemos el viaje. ¡Qué satisfacción! La RESPETABLE señora que desde un
principio se hizo acreedora al todo mi reconocimiento, resopla y se hace aire a
la cara con algo que es un remedo de pañuelo.
Un alto frente al Mercado Central y
el vehículo es invadido por una ola de mujeres del pueblo cargadas de pesados
cestos llenos de mercancías: carnes y flores cuyos olores mitificado se
envenenan el tibio ambiente que se respira, por el exceso de pasajeros y
escasez de ventilación; frutas, legumbres, ¡cuántas cosas más! Una pero que
respira jiote por todos sus poros se ha colado.
Alguien se atreve a un y trató de
acomodarse. Al pasar junto a mí, la cola de un enorme chompipe que lleva bajo el
brazo pasa rozando me la nariz; producto está y algo amohinado la frotó con el
pañuelo. Aquel tufillo no pudo haber sido más desconcertador…
Y, así, en medio de tantos
inconvenientes continuamos la marcha, todos apretujados, respirando pausas, y
lo único que nos hace olvidar lo todo por instantes son los gestos de los que
en el camino han querido entrar a aquella especie de Arca de Noé y se han
quedado con un palmo de narices.
Fuente: Caxlana. Diario de Centro América, 1930.














